Engines of Our Ingenuity

No. 1423
EL DÍA QUE CONOCÍ A EINSTEIN

de John H. Lienhard

Traducción de Pedro Gutierrez Revuelta

Audio 1423 en español

Episodio 1423 en inglés

Hoy, un joven deja que la historia se le adelante. La Facultad de Ingeniería de la Universidad de Houston y el Departamento de Estudios Hispánicos presentan esta serie sobre las máquinas que mueven nuestra civilización, y las personas cuyo ingenio las creó.

Corría el año 1954. Y yo estaba en Monmouth, Nueva Jersey. Era un día caluroso de verano y como tenía el día libre, decidí hacer auto-stop a alguna parte. En mi mochila, llevaba un texto sobre termodinámica. Lo que yo buscaba en ese momento era un lugar tranquilo donde escribir algunas cartas y estudiar la teoría los calores específicos de Einstein.

El carro que me recogió iba a Princeton. Me pareció perfecto. Le pregunté al conductor si no era allí donde vivía Einstein. Me dijo que sí. Me llevó hasta la Universidad. Pregunté dónde podría encontrar a Einstein y me dijeron que trabajaba en el Instituto de Estudios Avanzados que se encontraba a dos millas fuera de la ciudad.

Así que empecé mi peregrinaje al Instituto. Al llegar me senté en una de las salas públicas y por un buen rato estuve estudiando termodinámica y viendo entrar y salir a gente muy lista. Pero de Einstein nada. Finalmente desistí de este repentino peregrinaje y decidí regresar a la ciudad. Al voltear la cabeza en una curva del camino vi, no lejos de mí, una figura con el sol a las espaldas que irradiaba un brillante halo de encrespado pelo blanco. Me detuve haciendo que miraba un partido de golf mientras el mismo Einstein me adelantaba y a grandes zancadas se adentraba en su vecindad. Le seguí.

Andaba vigorosamente, saludando a amigos y a vecinos. De repente se paró y puso su cartera sobre un seto. Me aterroricé. ¿Se habría dado cuenta de que le estaba siguiendo? No podía ser. En realidad estaba simplemente quitándose su suéter azul. Al pasar a su lado vi que llevaba una camiseta y unos tirantes sujetando unos desaliñados pantalones. Iba con sandalias y sin calcetines. Todo muy dentro del estereotipo. Pero lo que no se ajustaba al estereotipo era su presencia. Tenía entonces setenta y cinco años y le quedaba menos de un año de vida. Pero su complexión muscular era sólida. Tenía desenvoltura, fuerza, coordinación. ¿Cuánta gente sabrá que era un buen violinista? Einstein era algo más que energía y luz. Tenía masa, y presencia física.

Mi ya manoseado texto sobre termodinámica reposa ahora en unos de los estantes de mi biblioteca pero sin el autógrafo de Einstein. Quizá por timidez o tal vez por la inseguridad de pensar que uno no sabe lo suficiente, no me decidí a hablar con él. Tres años después, por casualidad, diseñé un aparato para su hijo, ingeniero civil, Hans Albert Einstein. No le mencioné lo de Princeton. Seis años más tarde conocí a su nieta. Tampoco le dije nada.

Ya muchos años después los otros nombres famosos de aquella época –Eisenhower, Chiang Kai-shek, Churchill— se desvanecen frente a la luz, energía y masa de aquel hombre silencioso, de pie frente a un seto, haciendo juegos malabares con estrellas y campos magnéticos en su cabeza –ese hombre que nos enseñó que el mundo es algo más de lo que parece ser.

Continué estudiando la mecánica estadística de Einstein, su teoría sobre el movimiento browniano, el condensado de Bose–Einstein. Aprendí sus ambigüedades filosóficas, contradicciones y complejidades. Pero por encima de todo, para mí es ese vecino saludando a otros vecinos y oliendo las rosas. Mi Einstein siempre será ese viejo desaliñado un día de verano en Princeton —un hombre amable que seguramente habría firmado ese de libro Termodinámica dentro de mi mochila.

Les habló Aymara Boggiano en otro episodio de Las Invenciones de la Inventiva, de John Lienhard en la Universidad de Houston, donde nos interesa el proceso de mente la inventiva.

(Tema musical)


Esta es una versión revisada del Episodio 56
Para más información sobre Einstein como figura histórica, véase los Episodios 524 y 526


El texto de termodinámica de mi biblioteca era Epstein, P., A Textbook of Thermodynamics. Nueva York: John Wiley e hijos, 1937. Un espléndido viejo libro al que todavía recurro hoy en día

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