Engines of Our Ingenuity

No. 1086
UNA OBSESIÓN CON OBSIDIANA

de John H. Lienhard

Traducción de Aymará Boggiano

Audio 1086 en español

Episodio 1086 en inglés

Hoy, preguntamos por qué los aztecas no aprovecharon los metales. La Facultad de Ingeniería de la Universidad de Houston y el Departamento de Estudios Hispánicos presentan esta serie sobre las máquinas que mueven nuestra civilización, y las personas cuyo ingenio las creó.

Una cuestión que atormenta a los historiadores de la tecnología es la pregunta, "¿Por qué no?". Se preguntan, ¿Por qué los chinos con todas sus invenciones no empezaron la revolución industrial? ¿Por qué los romanos no aprovecharon por completo la rueda hidráulica? ¿Por qué los europeos estaban 400 años más atrasados que los chinos en la imprenta con tipos móviles? Hoy en día nos podemos preguntar algo similar: ¿Por qué no hacemos nosotros lo correcto hoy en día?

Entonces, ¿Cómo es que los aztecas nunca salieron de la edad de piedra? ¿Por qué una civilización tan extraordinariamente avanzada hizo uso tan limitado de los metales? El antropólogo Terry Stocker nos da una preocupante explicación. Al obtenerse una tecnología precisa no se ve más allá. Los aztecas ya tenían obsidiana para hacer sus hachas y cuchillos.

Obsidiana es un cristal natural generalmente de color opaco o negro, Es más fuerte que el acero, y se puede fracturar fácilmente. Al partirlo se crean hojas mortíferamente afiladas. Para los griegos y egipcios, el comercio de obsidiana era un medio lucrativo de comercio por la escasez, pero una vez que los artesanos comenzaron a fabricar herramientas para cortar de bronce, abandonaron la obsidiana.

Eso nunca ocurrió en el mundo azteca. El sur de México estaba ricamente dotado de obsidiana. Los antropólogos especulan que la grande y misteriosa ciudad pre–azteca de Teotihuacan, ubicada cerca de Ciudad de México era la base de la industria obsidiana.

Las espadas aztecas tenían filas de pequeños dientes de obsidiana. Eran mortíferas armas hechas para cortar al enemigo. Por mucho tiempo los historiadores se han asombrado con el número de automutilaciones ceremoniales de los aztecas. Ahora sabemos que un corte con obsidiana no duele tanto como habíamos pensado debido al borde tan afilado que produce su fractura.

Así la obsidiana se entreteló tanto en las ceremonias religiosas aztecas como en la vida cotidiana. ¿Qué necesidad había de remplazarlo con otro material? Los aztecas no desarrollaron el uso de los metales porque no vieron más allá de la obsidiana.

Luego, llegaron los españoles con armas, espadas, y cañones de acero. Conquistaron a los aztecas e intentaron borrar su historia. La sublime ironía en todo esto es que ahora usamos obsidiana para reconstruir esa historia. La obsidiana lleva impreso su propio pasado. Una vez fracturada, reacciona con agua e inicia un proceso químico llamado hidratación. La etapa específica del proceso que lleva la obsidiana indica la edad del artefacto.

Tengo un pequeño artefacto azteca en mi escritorio. Es liso y negro, tallado con la obsidiana mexicana. Refleja la luz y al tocarlo se nota su agradable textura. Me hace acordar, tal como la historia, por qué los aztecas implementaron el uso de la obsidiana en todos los aspectos de su vida. Es un cristal duradero que les hipnotizó y no les dejó ver el uso más práctico del acero. La estatua me dice, como una historia, por qué los aztecas continuaron el uso de este material duro e hipnótico, cuando hubiera sido más lógico el uso de acero gris.

Les habló Aymará Boggiano en otro episodio de “Las Invenciones de la Inventiva” de John Lienhard, desde la Universidad de Houston, donde nos interesa el proceso de la mente inventiva.

(Tema musical)


Stocker, T., A Technological Mystery Resolved. American Inventions: A Chronicle of Achievements that Changed the World. New York: Barnes and Noble Books, 1995, p. 33.

Advances in Obsidian Glass Studies: Archaeological and Geochemical Perspectives (R.E. Taylor, ed.). Park Ridge, NJ: Noyes Press, 1976.

Torrence, R., Production and Exchange of Stone Tools. Cambridge: Cambridge University Press, 1986.


The Engines of Our Ingenuity is Copyright © 1988-2011 by John H. Lienhard.